Por: Ricardo Gil Otaiza
Poema VII
eres, mujer, trigosol de la maña-
na que acaricia el horizonte, y en
la suave seda de tu voz me
hundo como en tus brazos hasta
quedar saciado de aroma y
deseo. En tus pupilas me miro
como insólito reducto que me habla
sin palabras, y penetro en la profun-
didad de tu pasado hasta fundir-
me en la nada, y el recuerdo me
lacera el alma
eres, mujer, luz del mediodía, som-
bra que me sigue a cada instante,
ardiente laja hallada en el camino. En
tu piel me asombro como quien des-
cubre para siempre la pasión
que obnubila, el deseo que arrebata,
el sentido metafísico de la vida; el
paraíso alguna vez prometido
eres, mujer, luna en la noche, cali-
da esquela de un nombre que al fun-
dirse con el mío nos inventamos para
siempre. En tus labios me hundo
entre la miel y en sus densos
meandros me quedo extasiado eter-
namente; hasta que llegue el fin, has-
ta que me alcance la tarde, hasta
que se borren mis pasos y sea enton-
ces el adiós y el olvido
Tomado de mi poemario inédito Lumen El fuego interior
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