Cuento - JUEGO MORTAL

 


Por: Ricardo Gil Otaiza 

Conocí hace muchos años a dos amigos inseparables. Eran el uno para el otro. Ese tipo de amistad que a menudo se confunde con la hermandad, la camaradería, el cariño sincero. Ambos vi­vían muy cerca. Las dos familias se habían relacionado como consecuencia de la amistad de los dos muchachos.

En el liceo los llamaba Los Inseparables. Para todos lados iban juntos. Las calificaciones, el comportamiento, el modo de vestir, de caminar, de reír, se parecían increíblemente.

Se graduaron de bachiller al mismo tiempo. Escogieron la misma carrera universitaria. Hasta se enamoraron los dos de la misma chica. Conquistarla no fue problema para ambos. Ella no se decidía por ninguno. El tiempo fue pasando y la atracción se transformó en rutina. Nada lograba fracturar aquella amistad...

Yo que los observaba de lejos, no entendía aquella estrecha relación. Como todos, comencé a ver un sesgo de homosexuali­dad en ellos. Tal vez lo que me motivaba a criticarlos era la envi­dia, de la pura, de la verdadera.

La mezquindad humana, no tiene límites. No podemos ver pureza en los sentimientos, porque tratamos de enlodarlos, de ensuciarlos con nuestras cochinas teorías. Jamás logré tener una amistad así. Siempre fui muy celoso con mi intimidad, con mis cosas. Me molestaba compartir los discos, los libros, los gustos, los momentos. Me aparté lentamente del mundo de lo social.

Me encerré —mejor dicho—, me enfrasqué en mis pensamientos y deducciones "lógicas" de las cosas”.

A lo mejor, en el fondo, muy dentro de mi subconsciente, me creía superior a los demás. Un acomplejado.

Se puede estar en compañía de muchas personas, y sentirse terriblemente solo. Eso me pasaba con frecuencia. Sufría amar­gamente en mi aislamiento y soledad. Veía como los jóvenes de mi edad se divertían, mientras yo me reventaba los sesos buscándoles defectos y mutaciones biológicas.

Como resultado de todo aquello, me convertí en un joven muy tímido. Me sonrojaba por todo. Hablaba pegando demasia­do la lengua al paladar, lo que producía un sonido muy extraño en la pronunciación de algunas palabras. Un día la profesora de inglés, me hizo la observación. Eso me bastó para corregir el defecto. Claro, en el momento quería que me tragara la tierra.

Toda mi tragedia personal la volcaba en criticar a los demás. A todos les veía defectos, problemas, deficiencias. Yo era el bue­no de la partida. El inteligente; el correcto, el pulcro. Por eso, ataqué a Los Inseparables de una manera mortal y despiadada.

No lograba comprender cómo dos jóvenes se complementa­ran de una manera tan armónica y simpática. Su compenetra­ción era estupenda.

Mi familia se mudó de aquella urbanización. Perdí contacto con todas las personas del lugar, ya que el sitio al que nos muda­mos distaba del anterior, más de cuatro kilómetros. Además, para aquel entonces ingresé a la universidad y me dediqué en alma y vida al estudio. De vez en cuando, nos encontrábamos a alguno de los antiguos vecinos y nos daba relación de los conocidos. Eso fue al principio. Más tarde, no volvimos a enterarnos acerca de aquello. Bueno... la vida, el corre-corre, el ajetreo por alcan­zar las metas trazadas.

Me casé a los veinticuatro años. Y mis padres me cedieron la antigua casa donde pasamos buena parte de la vida. Me llevé a vivir a mi esposa y comenzamos a entablar relaciones con los nuevos vecinos. Poca gente quedaba de la de entonces.

Para mi sorpresa, Los Inseparables seguían con su amistad in­quebrantable. Me acerqué a ellos. Mis complejos anteriores ha­bían cedido con el paso de los años y con las experiencias vivi­das. A lo mejor, me enseñaron los golpes y las metidas de pata.

Ellos no tuvieron reticencias para conmigo. Es más, veían en mí a un viejo conocido. Comenzamos una fraterna amistad. Nos visitábamos a menudo. Íbamos al campo. Al cine. De viajes. Ellos se habían graduado en turismo, eso facilitaba la permanencia en hoteles de cinco estrellas.

Yo era para ese entonces un aficionado a la práctica del tiro al blanco. Ellos en cambio, jugaban con maestría al tenis. Poco a poco, logré interesarlos por mi hobby. Los fines de semana íba­mos hasta la hacienda de Roberto (así se llamaba uno de ellos), improvisábamos lo necesario, y nos dábamos a la tarea de afinar nuestra puntería.

Mi esposa no compartía conmigo la afición, sólo la tole­raba. A veces nos acompañaba a las prácticas. Otras tantas, se de­dicaba a escribir en su notebook, que yo le había regalado en su cumpleaños.

Mi cambio había sido sorprendente. Ni yo mismo me recono­cía. ¿Cómo pude haber sido tan estúpido y mediocre? Me recri­minaba constantemente mi comportamiento anterior. Sentía que había perdido muchos años de mi vida, lacerándome con fantas­mas e inmediateces.

Ellos (Roberto y Nelson) me tranquilizaban, aduciendo que la génesis del problema eran las costumbres rígidas y con­servadoras de mi crianza, de las cuales yo no era culpable indudablemente.

A los pocos meses mis amigos —valga decir, Los inseparables—lograron gran destreza en el manejo de las armas. La afición de ellos logró superar mis expectativas. El entusiasmo llegó a los límites de querer montar en el solar de sus casas campos de en­trenamiento de tiro al blanco. Cosa improcedente desde todo punto de vista.

Insistieron en la idea. Pero yo me negaba rotundamente, por el peligro que representaba para la vida de los vecinos, o de los transeúntes de la calle que estaba detrás de las casas.

Para paliar un poco el deseo de mis amigos de practicar al tiro, tuve la idea de obsequiarle a Roberto una bella arma para el día de su cumpleaños. La única condición que le puse a mi amigo, fue que se la regalaba con el compromiso que desistiera de instalar dentro del solar de su casa —o en la de Nelson— un cam­po de práctica de tiro. Él aceptó sonriente. La joya la compré en una tienda especializada.

Roberto se quedó paralizado de la emoción con mi regalo.

Tomó el arma entre las manos y la acarició dulcemente. Con su pañuelo fue borrando con gran parsimonia las huellas dejadas sobre la fina cubierta. Esa noche celebramos hasta el amanecer.

Casi a las seis de la mañana me despedí de ellos, con la prome­sa de verlos en la tarde en el club de tiro para estrenar el arma. Efectivamente, llegué a mi casa y caí profundamente dormido. Mi esposa me despertó a las tres, para que almorzara.

Comí rápidamente, me impacientaba la práctica de aquella tarde.

    Quería sentir la explosión de aquella joya, y la emoción de Ro­berto por su primera arma.

Llegué al club a la media hora. Para mi sorpresa estaba cerra­do. Extrañado por tanto silencio, me bajé del auto y me dirigí hasta la puerta, donde estaba colocado un letrero. En él se podía leer: cerrado por duelo. ¿Pero, quién murió? Me pregunté exalta­do. Al no encontrar a nadie que me dijera algo acerca del extraño letrero, regresé a la casa.

En la entrada del jardín me esperaba mi esposa. De inmediato se lanzó a la calle y me hizo detener violentamente el auto. Me dijo ensombrecida: "Francisco, amor. Ve de inmediato a casa de Roberto". No le pregunté nada más.

Al llegar a su casa salió a mi encuentro la esposa de Nelson y me dijo con lágrimas en los ojos: "¡mi marido mató a Roberto...!”

Más sosegada, me contó que cuando yo me retiré aquella madrugada, los dos empezaron a jugar —inducidos por los tragos— a la ruleta rusa. Se habían olvidado de que el arma tenía carga, y un tiro le atravesó la cabeza a Roberto. Quedó fulminado al instan­te.

 

Luego de varios meses de aquel trágico suceso, Nelson pudo salir de la cárcel. Se comprobó su inocencia en la acusa­ción de homicidio culposo. Sin embargo, yo me siento terrible­mente culpable. Fui yo quien le regaló el arma a Roberto. Fui yo quien los entusiasmó en la práctica del tiro al blanco. Yo en­tré en medio de los dos y fracturé para siempre aquella amistad, que nada ni nadie había podido romper.

Todo cambió en nuestras vidas. Nelson no ha podido recupe­rarse del impacto. Su esposa solicitó el divorcio por la prisión del marido. La mujer de Roberto se recuperó rápidamente y sin traumas de la tragedia. Anda flirteando con otros hombres.


Y yo, no hago otra cosa que rumiar en las desdichas de la vida. Lo falso de la felicidad y del amor. Tal vez algún día pueda borrar de mi mente la imagen de la muerte, y siga buscando por los rocosos caminos de la amistad, poder complementar el vacío dejado por Roberto en Los Inseparables. 

Tomado del libro Paraíso olvidado, publicado originalmente por el Consejo de Publicaciones de la Universidad de Los Andes (1996) y luego publicado en Cuentos, antología personal, editado por el Vicerrectorado Administrativo de la Universidad de Los Andes y ALEPH universitaria (2010).

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Acerca del lenguaje inclusivo

 


Por: Ricardo Gil Otaiza 


Acerca del lenguaje inclusivo

"Nuestros niños y jóvenes son presas de burdos antagonismos, que pretenden disociarlos para ponerlos al servicio de sobrevenidas ideologías, cuyos artífices mueven sus hilos desde torres de marfil, y sus peones se desplazan de uno a otro confín..."

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Poema XXXIX

 

Por: Ricardo Gil Otaiza 


XXXIX

de todo lo escrito no sé qué per-
durará, tal vez algunas páginas sueltas, 
uno que otro relato, o algún ensayo 
ya extraviado en la memoria.
De tanto afán ha quedado mucho, pero
sobre todo cansancio y posiblemente olvido

mis manos han tocado las páginas y
han trajinado las ideas de otros, y a ca-
da instante he visto nacer ante
mis ojos decenas de historias y
personajes. He reído y llorado con
ellos y he sido testigo de proezas y de-
rrotas, solo que al cerrase el libro
allí se quedan, macerando su destino

he vivido muchos mundos y recorrido
caminos sin salir de casa. Vasto
ha sido el horizonte desde la venta-
na y mis ojos se han gastado de
soñar. Cada página escrita yace
en la memoria, aunque piense que
se ha perdido para siempre. No sé
qué quedará, qué aguardará mi nom-
bre, qué lúgubre lector será testigo
del portento del recuerdo, pero ahí
estaré yo presente, impertérrito, tran-
quilo, expectante de su voz


Tomado de mi poemario inédito Lumen El fuego interior



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Poema XXXVIII

 

Por: Ricardo Gil Otaiza 

XXXVIII


despertar de un prolongado sueño
en el ahora, ver con lucidez ba-
tir las alas de la existencia;
nada mejor que sentirse movido
por la vida y ser presa a cada ins-
tante de su hondo desvarío


no se nace para siempre, cada cual
tiene su destino, un segundo basta
para ser o no ser, estar o no
estar, y tener sobre sí la conciencia
escindida. Caer en torrentosas aguas y
salir airosos o abatidos, sean tal vez
las claves más profundas del inma-
nente fluir


la vida interpela a cada paso, todo
es escrutado en su designio, el correr 
certero de las horas nos conduce por
raudos caminos. Estar aquí o allá
pareciera lo mismo, solo que entre
uno y otro extremo se marchita la
piel y se aquieta la pasión. La no-
che del tiempo es larga y breves nues-
tras ansias, no hay ya incertidum-
bre posible: sentir el ímpetu inte-
rior es saberse arropado por la fuer-
za de lo atávico y dejarse llevar por
la tibieza de sus olas




Tomado de mi poemario inédito Lumen El fuego interior



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Detrás de la nueva normalidad

 

Por: Ricardo Gil Otaiza 


Detrás de la nueva normalidad

"Desde los tiempos del Tercer Reich la humanidad no había sido testigo de un proyecto hegemónico global de tal magnitud como el enunciado, que se ha puesto en marcha a paso vertiginoso desde antes de la irrupción del nuevo coronavirus..."

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Poema XXXVII

 

Por: Ricardo Gil Otaiza 

XXXVII

vivir de recuerdos y lacerar la piel
de las emociones, es lo que nos
depara a veces la existencia. No lo
creía posible, pero la tarde llegó con
su carga de fantasmas y sus his-
torias a cuestas

la vejez toca a mi puerta en un mo-
mento difícil, cuando todo mi mundo
se desboca hacia nuevos destinos. Na-
da permanece, la casa y las cosas 
envejecen también, los afectos ya no
están a la mano, se fueron en busca
de otros caminos

vivir no es poético si se hace en pre-
térito, si a cada instante surge
la nostalgia, si en lugar de la risa
lo que brota es un suspiro, si por
abrazos solo alcanzamos lo ateso-
rado en la memoria

muy pronto se rompió mi mundo, co-
mo si llevara consigo la semilla del
olvido. No sé cómo reinventar los días
y ser fiel al destino. No basta con es-
tar vivos si casi todo languidece,
si el ímpetu interior se pierde en los
laberintos del alma


Tomado de mi poemario inédito Lumen El fuego interior



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Cuento - EL REYEZUELO

 

Por: Ricardo Gil Otaiza 

Qué difícil es llegar al poder. Por eso se hace tan apetecible.

Soñamos con estar sentados en los pequeños tronos, que repre­sentan la voluntad del país en nuestras manos. Nos sumergimos en los vapores espesos de la contienda, de la lucha acérrima, con el único propósito de alcanzar lo que consideramos lo máximo, lo sublime, la cumbre de la realización personal.

En mi caso particular, me condujo el pío anhelo del servi­cio, de la entrega. Vociferé magnos programas, consignas bellísi­mas, elegantes discursos. Mi corazón estaba seccionado, fragmen­tado en miles y miles de trozos en pro de los más necesitados. Nun­ca había abrigado tan nobles aspiraciones. Me veía —cual Madre Teresa de Calcuta— prodigando beneficios, dádivas, abundantes limosnas. Nunca más conocería el mundo un hombre más cari­tativo, más desprendido de las cosas materiales y superfluas.

Caminé y caminé. Mis pies quedaban lacerados luego de las visitas a los barrios, a los cerros más empinados. Recobré en tres meses, mi olvidada figura de la lejana juventud. Mi pálida piel, por tantas y tantas horas de estar sentado frente a un escritorio, se tornó de un bronceado ideal, muy tropical y atractivo. Hasta los dolores reumáticos —mi constante queja en las visitas médi­cas— desaparecieron. El sabor de la cocina criolla lo había olvida­do, en cambio mi paladar degustaba sólo los finos platos de las cocinas europeas. Recordé las sabrosas arepas, los platos rebo­santes con perico andino, el exquisito sabor del guarapo de panela con limón. ¡Caramba!... sin duda alguna, la dura campaña elec­toral me devolvió parte de mi existencia, perdida en el correr afanoso y sin tregua de la vida ejecutiva.

No intenté —bajo ninguna circunstancia— desacreditar o des­calificar a mi contendor más cercano. Fue mi amigo en la época universitaria. Di las más estrictas instrucciones, para que se res­petaran sus afiches, sus consignas, sus pancartas. En fin, logré realizar una campaña de altura.

Me gané el aprecio y el entusiasmo popular. Hordas de fanáti­cos se aglomeraban para escuchar, bajo el inclemente sol, mis interminables horas de discursos, de ideas para el cambio. Me constituí en el paladín de la reforma del Estado, juré su moder­nización e inserción en el contexto del mundo moderno y súper civilizado. Saqué a relucir largas y tediosas listas de corruptos, a quienes prometí su encarcelamiento de llegar al poder. Prometí viviendas populares, canchas deportivas, escue­las, iglesias, calles, alumbrado eléctrico, cloacas, trabajo estable, orden en las finanzas, abaratamiento del costo de la vida, seguri­dad personal; bla, bla, bla...

En las noches me acostaba rendido, completamente extenua­do. Para ilustrar mi vida de campaña diré que no volví a hacerle el amor a mi mujer. Quería ahorrar todas mis fuerzas, para in­vertirlas en las clases populares cuando alcanzara el poder. Ella entendió mi posición. Es más, nunca me reclamó nada, absolu­tamente nada. Recibí de mi familia toda la comprensión que re­quería para obtener la máxima posición. Después, las aguas re­gresarían a sus cauces, y todo volvería a ser como antes. Es decir, mejor que antes.

Llegó el ansiado día de las elecciones. Me levanté muy tem­prano —a eso de las 4:00—, me bañé y tomé apenas, una taza de café. Estaba muy nervioso. Claro, era lógico. Se estaba jugan­do el futuro de mi país.

Todo transcurrió de manera normal. La gente se agolpaba en las puertas de los centros de votación. La frase manida de: el comportamiento cívico de la ciudadanía, no se hizo esperar.

Los escrutinios me dieron por ganador. El setenta y cinco por ciento de la población votante, me favoreció. De inmediato con­voqué a una rueda de prensa y esbocé con voz estentórea, mi programa de gobierno. Ratifiqué las promesas de la campaña reciente. Saludé efusivamente a la población.

 

Pero qué desgraciado fui. Una vez que pisé el Palacio de Go­bierno, sufrí un efecto de rebote instantáneo. Olvidé todo lo pro­metido. Ni yo mismo podía reconocerme. ¡Qué cara de coño de madre puse!

Me volví una piltrafa humana, un déspota, un engreído, un ser mísero y corrupto. Sabía que el poder cambiaba a la gente. Pero de esa manera tan ruin y absoluta, nunca lo llegué a pensar. Siempre había tenido como norte el no cambiar, el dar un giro definitivo a aquella pose ridícula de los gobernantes, que se creían unos reyecitos, y no eran más que unos reyezuelos. Es más, jura­ba que aquellos hombres malignos que habían llegado en épocas anteriores al poder, eran así desde siempre, por naturaleza. Pen­saba que habían engañado a su pueblo que depositó en ellos la confianza y la fe.

Yo definitivamente era un cerdo. Ya que hacía lo que hacía con plena conciencia. Nada me era vedado. Había estudiado la conducta humana, había interiorizado las patologías que confie­ren al ser humano rasgos despóticos. ¿Entonces... por qué lo hacía? ¿Qué me empujaba a ello?

Las reacciones no se hicieron esperar. El pueblo comenzó a exigirme lo que le correspondía. Yo en respuesta le mandaba a las fuerzas del orden público, para que lo ultrajaran y vejaran. De noche me sentaba frente a la pantalla del televisor y me enardecía con las imágenes de las protestas populares. Sólo me tranquiliza­ban los cintarazos, las ballenas de agua, las bombas lacrimógenas que certeramente lanzaban los policías contra los manifestantes. Hasta me contenté —muchas veces— con la muerte de algunos estudiantes. Mi familia me miraba y notaba en ellos la desaprobación. Me llegué a sentir como Nerón frente a los cristianos devorados por las fieras. Ello me estimulaba de una manera morbosa. Sentía que me fortalecía en el poder. Que ha­cía valer la fuerza de mi decisión y autoridad.

Comenzaron a crecer mis cuentas bancarias, las propiedades en el extranjero. El dinero público que debía estar destinado a obras de interés colectivo —tal y como lo había prometido en la campaña— lo multipliqué por altos intereses bancarios; a conse­cuencia de mi política económica nefasta y cruel para con la nación.

Cercené la libertad de prensa. Mandé a las cárceles de máxima seguridad a los opositores. Compré voluntades con miedo y bar­barie. Introduje —solapadamente— la pena capital para mis ene­migos. Me rodeé de un círculo ministerial tenebroso e incondi­cional. Rompí relaciones con los países del hemisferio occiden­tal. Envié espías a todas partes del mundo, con el ánimo de estar enterado —de primera fuente— de los acontecimientos más rele­vantes en el orden político.

Me convertí en el gobernante más puto que país latinoameri­cano conociera en sus quinientos años de historia. El relajo fue tal, que mi mujer se retiró calladamente para evitar el escándalo.

El país se transformó en mi feudo, en mi propiedad. Cuando el Congreso trató de impedirme tanto desatino, armé una tram­pa y lo anulé, lo desarticulé. Les di a sus integrantes veinti­cuatro horas para abandonarlo.

Aquella noche aciaga, cuando los conspiradores entraron al palacio armados hasta los dientes, me encontraba reposando una comilona con dos de mis mujeres favoritas. Nada escuchamos, nada intuimos. Dentro, el silencio era absoluto y romántico. Me sentía dueño del mundo. Mandé a llamar al edecán de más con­fianza, para que comiera de las migajas que había rechazado, har­to de placer. La voluptuosidad de las muchachas amenazaba con dejarme muerto. Mis fuerzas estaban en cero. No podía más con mi cuerpo.

Pero no ingresó mi edecán de confianza. En su lugar, irrumpió un insurrecto con ametralladora en mano. Sin mediar voz algu­na, disparó rasante con todo. Nada quedó en su lugar. Todo, absolutamente todo, perdió su forma y valor. Las dos jóvenes muchachas, quedaron tendidas en el suelo con sus cuerpos agu­jereados en medio de un mar de sangre. Yo me lancé al suelo, y la sangre de aquellas me arropó, dando la impresión —a simple vista— de mi exterminio total.

Así pude salvar mi vida. A costa de la vida de otros. Escapé del Palacio de Gobierno camuflado entre la basura y los escombros del asalto perpetrado por los insurrectos. De inmediato afeité mi rostro, cambié las ropas por harapos que conseguí a través de amigos clandestinos. A los dos días escapé del país y me dirigí a España, específicamente a un pueblo de Galicia. De allí pasé a Portugal (Lisboa), de donde escribo ésta, la última de mis cartas, antes de pasar al anonimato... a la muerte histórica.

No deseo justificarme, no... en absoluto. Merezco ser execrado de la vida misma. Debí haber muerto aquella tarde de febrero, para no tener que purgar mi conciencia. Soy cobarde. Sí. Muy cobarde. El poder me robó la dignidad, y con ella la valentía. Pedir perdón no es mi estilo. Jamás lo haría. Ahora que las cosas pasaron, pienso que todo en la naturaleza es un ciclo de vida. Unos mueren para que otros puedan vivir. Los malos son más necesa­rios que los buenos. De lo contrario, el mundo estaría superpoblado; más de lo que lo está hoy. Además, los malos es­tán presentes desde el inicio del mundo. Ya que si mal no re­cuerdo: Caín mató a su buen hermano Abel.

Mi problema no es que sea malo. Ojalá y lo fuese, estaría más tranquilo. Todo mi afán radica en que fui al poder con la mejor intención del mundo. Pretendí ser el salvador de mi pueblo. El segundo Libertador.

Siento que en mi corazón laten los sentimientos más nobles del mundo. Ahora sería incapaz de matar una mosca. Pero para poder hacer buenas obras como gobernante, hay que mantener­se en el poder, a como dé lugar. De lo contrario, sucede lo que a mí me sucedió: una vez que alcancé el poder y estando —como efectivamente lo estaba— dispuesto a realizar las buenas obras pro­metidas al sufrido pueblo, se alzaron unos delincuentes y me sa­caron del poder. Lo malo es que no me dejaron demostrar lo noble de mis sentimientos y propósitos. No crean que esto es cinismo... no. Tal vez sea locura. Eso dicen. No lo creo. Lo que pasa es que a los genios siempre los han tildado de locos. Y yo soy un genio. ¿Quién lo pone en duda? No estoy de acuerdo con aque­llos que dicen que la violencia engendra más violencia. No, no, no. Todo lo contrario. Es a través de la fuerza que se pueden alcanzar los mejores propósitos. Algo así como armarse hasta los dientes para mantener la paz. Es el mismo principio. En una de­mocracia los intereses de los oligarcas impiden el saneamiento, la prosperidad. Las dictaduras traen progreso y adelanto. No estoy loco. Bueno... a lo mejor sí. Sí, sí, sí, estoy loco de remate. Mejor pongo punto final a la carta, de lo contrario se me enredarán más las ideas. Debo prepararme para el retorno al poder. Porque de seguro: volveré. No a la fuerza. Esperaré un tiempo prudencial, el necesario para que la gente olvide. Me lanzaré de nuevo como candidato, reformularé mis antiguas convicciones. Haré moder­nos planteamientos. Ganaré las elecciones. La gente olvida. ¿Los muertos? ¿Quién se acuerda de ellos?



Tomado del libro Paraíso olvidado, publicado originalmente por el Consejo de Publicaciones de la Universidad de Los Andes (1996) y luego publicado en Cuentos, antología personal, editado por el Vicerrectorado Administrativo de la Universidad de Los Andes y ALEPH universitaria (2010).

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Los mal denominados progres

 

Por: Ricardo Gil Otaiza 


Los mal denominados progres

"El otro lado de la moneda de toda esta ideología, es la gran mentira que se esconde tras los discursos patrióticos e igualitarios, y vemos que sus más conspicuos representantes hacen detrás de los bastidores todo lo contrario a lo que dicen..."

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Poema XXXVI

 


Por: Ricardo Gil Otaiza 


XXXVI

todo es misterio, comenzando
por la vida, venir de la nada y 
volver a ella es más de lo que
merecemos. Estar y no estar es
solo una pausa en el camino, es
abrir los ojos al asombro y con
asombro volverlos a cerrar

ser en medio del mundo es en sí
una proeza, pero yace en cada uno 
como huella indeleble. Vamos 
abrazando afectos y emociones, y a 
cada paso que damos construimos 
castillos de arena

el tiempo es escabroso invento,
pero lo tenemos contado, a su pa-
so va dejando ceniza y olvido. Nada 
eternece bajo el sol, aunque los 
sueños vuelen con el viento; aunque
la lumbre encienda después de mil tor-
mentas y nuestros ojos se extasíen en el
insondable universo. Todo está de paso 
en este mundo, pero es hermoso creer 
que será para siempre


Tomado de mi poemario inédito Lumen El fuego interior


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Más allá de la realidad

 

Por: Ricardo Gil Otaiza 

Más allá de la realidad

"Estoy en la lista de espera para el cobro de mis prestaciones sociales; espero que cuando me avisen que me las depositaron en mi cuenta (voy para cinco años de espera), pueda comprar con ellas por lo menos un kilo de carne molida para los perros."

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Un mundo demasiado complejo

  


Por: Ricardo Gil Otaiza 

Un mundo demasiado complejo

"Mientras a ciertos sectores se les censura y se les secuestra sus expresiones con el calificativo de ser de derechas o de izquierdas, otros avanzan hacia una imposición hegemónica de ideas y de pensamientos..."

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Poema L

 

Por: Ricardo Gil Otaiza 

L

canta a la vida a pesar de todo,
que nada quede incierto, que des-
pués de cada amanecer tu piel
se impregne de múltiples sensaciones:
abrir los ojos al mundo, el café de la 
mañana, saber que más allá de la
ventana el universo late dentro

ver el paraíso en unos ojos, ser objeto de
atención y de miradas; nada hay más
placentero que sentir el calor de otra piel,
el rubor de un rostro, el jadeo de una voz.
Las palabras sobran a veces, el contac-
to nos habla más profundo, en cada abra-
zo dejamos mucho de nosotros y entrega-
mos palmo a palmo nuestro aliento

no te detengas, hay muchos soles
arriba, por cada pincelada de tris-
teza hallarás cientos de acuarelas y
manos tendidas. Acerca ya la lumbre,
hay regiones que aún ignoras, nada
podrá detener el ímpetu arrollador
de los molinos de la vida. Cabalga
sin afán, todo tiene su momento, la
urdimbre silenciosa hace su trabajo
y con cada hilo tensa sueños y desvelos


Tomado de mi poemario inédito Lumen El fuego interior


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