Discurso de Incorporación del Dr. Ricardo Gil Otaiza como Individuo de Número Sillón 5

 


 No hay error más peligroso que el de confundir la causa con el efecto: 
 yo le llamo la verdadera perversión de la razón.
  
 EL OCASO DE LOS ÍDOLOS
 Friedrich Nietzsche
  
 El orden del universo no es rígido sino poroso. A ese orden, 
 al universo mismo, le viene bien esta designación: la aventura cósmica.
  
 EL DESEO Y EL INFINITO
 Armando Rojas Guardia

 

La vida discurre sin pedirnos permiso, sus pasos nos empujan muchas veces por senderos insospechados. Cada día se abre ante nosotros como un haz de luz, que en sus múltiples tonalidades nos muestra los derroteros ciertos entre esos dos puntos equidistantes que marcan nuestro devenir: el nacimiento y la partida. El 6 de junio de 2012, hace casi 9 años, y en una tarde encendida, ingresé como Miembro Correspondiente Estadal de esta noble institución. Miro las fotografías de entonces y la emoción me embarga, ninguno de los que posábamos en ellas, o éramos sorprendidos por el flach de la cámara del inefable Alirio, podíamos prever ni intuir lo que vendría; la profunda remezón en nuestra existencia, los cambios abruptos que nos marcarían a todos, y para siempre, con ardiente tizón. Me veo con cautela, como quien ausculta a un extraño, y me conmueven la mirada perpleja embargada de emoción, la amplia sonrisa y la tensión en el rostro, que solo son posibles cuando una persona es presa de antagonismos; sí, los antagonismos propios de la experiencia humana. Sin duda, estaba feliz. Un viejo sueño se cristalizaba; en mí se concentraban expectativas, retos y desafíos, y no sabía si reír o llorar, y opté, como mecanismo reflejo y atávico, por una suerte de amalgama de emociones que se agolpaban muy dentro, y me mantuve incólume a pesar de los hondos latidos del ser, por la fuerza que me daban los familiares y los amigos presentes, y porque sabía que no me podía quebrar, que tenía a toda costa que mantener la entereza, tal como lo pienso ahora. Reviso con atención cada fotografía, por cierto, 53 en total (¡qué desmesura!), veo uno a uno los rostros de los presentes y me digo, no sin melancolía, ¡cómo ha cambiado mi mundo! Mi esposa y mis hijas ya no están para el esperado abrazo que hoy anhelo de ellas; tampoco mi hermana y mi sobrino. Varios de los amigos fueron también aventados por la diáspora a lugares remotos. Algunos de los presentes en la ya lejana tarde de aquel miércoles partieron de este mundo, y de ellos me quedan la imagen y el cariño anidados dentro.

En aquél entonces estaba activo en mi cátedra universitaria de la Facultad de Farmacia y Bioanálisis, y leí un trabajo titulado El pensamiento complejo en la enseñanza de la Farmacognosia, anclado en la denominada filosofía de la ciencia, específicamente, en la epistemología. Quería dar aportes a mis alumnos, pero sobre todo a una ciencia que me había recibido años ha, y que me posibilitó un inesperado crecimiento intelectual y espiritual que me proyectó a futuro. Hoy mi realidad es otra, estoy jubilado, tal vez más cansado, y mis perspectivas existenciales e intelectuales han cambiado hasta el extremo de sentirme otro hombre. Mi visor, como un caleidoscopio, ha dado un giro de muchos grados, tal vez sea más incisivo e irónico; posiblemente más humano. He ganado nuevos e interesantes amigos de los que he aprendido bastante; perdí a otros, que quizá nunca lo fueron. La dura experiencia vivida de aquel tiempo a esta parte ha hecho que en mí afloren otras inquietudes, otros anhelos, lecturas distintas, escritura diversa. Del 2012 al día de hoy publiqué muchos libros, participé en múltiples eventos, ahondé, ya no en la Epistemología como entonces, sino en la Ontología. Este giro no ha sido un azar; la vida y sus permanentes lecciones me empujaron a ello, y estoy agradecido. Esta rama de la filosofía ha sido de enorme consuelo en momentos aciagos, al mirarme en mi propia esencia, al ahondar en donde se cuecen sentimientos y emociones; al penetrar con una nueva lupa en los intersticios del Ser en toda su complejidad.

El país de entonces ya no existe, porque si bien sabíamos que marchábamos con prisa hacia un abismo, no podíamos precisar lo dramática que sería la caída. Sabíamos, eso sí, de la enfermedad del presidente, pero los medios pretendían hacernos creer que todo estaba bien, que sería reelecto (como de hecho lo fue), y que el país seguiría su camino. Murió Hugo Chávez, se entronizó Nicolás Maduro, y la rueda del aciago destino nacional dio así sus enloquecidos giros. Conocíamos por las crónicas leídas de otros contextos, lo que era una hiperinflación, su impacto en la vida de todos, su cruda realidad, pero nada es comparable cuando lo leído penetra en nuestra piel como filosa daga, y se convierte en tragedia personal, familiar y colectiva. Aquel 6 de junio de 2012, y a pesar de todo: de los densos nubarrones que se avistaban en el horizonte, de la incipiente crisis económica (que preveía lo peor), de los enfrentamientos entre los bandos políticos, de la angustiante escasez de importantes rubros alimenticios, de la pérdida acelerada de la institucionalidad democrática, de la inseguridad y del crimen, éramos moderadamente optimistas, y hasta se podría afirmar que sutilmente felices. Para entonces pensábamos que no podíamos estar peor, que aquello era insostenible, pero ahora entiendo que aquellas eran frases hechas, pasadas de boca en boca, y los años nos demostraron con fidelidad absoluta y con cruel ironía, que la caída puede ser libre, como lo estudiábamos en las lejanas clases de física, y que las profundidades de los avernos son del tamaño de nuestras propias torpezas y errores.

Como si fuera poco lo vivido y sufrido en los últimos años, el 2020 llegó con una pandemia bajo el brazo. Las experiencias de la peste negra, de la gripe española, del cólera, del SIDA y del Ébola, entre otras muchas calamidades planetarias, unas más cercanas que otras, no fueron suficientes para enfrentar con cierta dignidad al enemigo que acechaba silente y despiadado en cada rincón. La arrogancia de la tecnociencia tuvo que bajar la cérvix frente a un desconocido que trastocaba con inquina sus bases y preceptos, además de sus alabados métodos predictivos. El 2020, y tal vez buena parte del presente año, quedarán impresos en nuestro ser por dejarnos la más profunda lección filosófica que las actuales generaciones hayamos recibido jamás: todo es posible en un mundo desbocado como el nuestro, en el que hemos trastocado el equilibrio planetario, en el que hemos jugado a ser demiurgos, y como aprendices de brujos destapamos la botella que guardaba mil demonios, y ahora tendremos que recoger los pasos extraviados si queremos devolverle al planeta y a la humanidad, la dignidad que merecemos y el futuro que anhelamos.

Aquí estoy, dignos académicos y amigos, casi 9 años después, para investirme con mucho orgullo como Individuo de Número Sillón 5 en las áreas de las Ciencias Físicas, Matemáticas, Naturales, Químicas, de la Salud y la Tecnología, pero desde lo transdisciplinario, es decir, desde la conjunción necesaria de lo múltiple y de lo diverso, y para ello echo mano, como ya lo he anunciado, de la Ontología, de la noción del ser como eje articulador, y he seleccionado para ello un texto que escribí a propósito de este ansiado momento, pero cuya publicación se adelantó algunas semanas, y que titulé La esencial heterogeneidad del ser. Debo expresar antes que ocuparé a partir del hoy el Sillón 5, dejado por la renuncia a su titularidad por parte del exrector, Dr. José Mendoza Angulo, quien, por las complejidades del existir (no creo en las casualidades ni tampoco en las causalidades) me entregó mi título de Farmacéutico en solemne acto en el Aula Magna de la Universidad de Los Andes la noche del 18 de julio de 1984, siendo aquél el último acto de grado que presidía como máxima autoridad de nuestra Alma Máter. Muchos años después me lo encontré en esta honorable institución, haciendo vida académica, y en la que dicho sea de paso dejó honda huella y una impronta de lucidez y espíritu combativo.

En mi perenne trajinar con los libros, me topé con un pensamiento del gran poeta y ensayista mexicano Octavio Paz, en su libro más emblemático, El arco y la lira, el cual expresa: “Religión y poesía tienden a realizar de una vez y para siempre esa posibilidad de ser que somos y que constituye nuestra manera propia de ser; ambas son tentativas por abrazar esa “otredad” que Machado llamaba la “esencial heterogeneidad del ser.” Debo confesar que en mí la reflexión se da a ráfagas, a destellos, como cuando un haz de luz penetra a través de una rendija en medio de la oscuridad, y quiebra la nada para hacerse consustancial con el momento que vivo. Esos destellos suelen llegarme desde la lectura, fundamentalmente, pero también desde la interacción con los otros. Empero, la lectura es en sí misma una conversación entre el autor y el lector, que deja en nosotros vasos comunicantes, los cuales nos permiten acceder a nuevas dimensiones y nociones del ser y de la existencia misma. Suelo recibir de manera permanente esos chispazos con mis lecturas, y estos se convierten así en catalizadores de procesos espirituales, cognitivos y filosóficos, que generalmente me empujan a dar inicio a reflexiones que suelen terminar en textos de distinta naturaleza y tamaño; incluso en libros o en capítulos de libros. El citado pensamiento de Paz me movió muy hondo durante varios meses hasta decidirme, en medio de la pandemia, a invertir largas horas en la amalgama de lo real y de lo abstracto, y dar así origen al tema de esta incorporación.

No es tarea de quien accede como Miembro Correspondiente o Individuo de Número de la Academia de Mérida, leer in extenso el trabajo que presenta, no es el objeto de esta reunión, ni tendría ningún sentido, porque podrán ustedes acceder con holgura a la publicación, pero sí lo es el reflexionar en torno de la temática a manera de discurso, que es, según el gran escritor argentino Jorge Luis Borges, el más elevado género literario. Les diré que nuestras vidas están signadas por lo prosaico y por lo poético, y es nuestra ceguera espiritual y gnoseológica la que nos impide articular desde ambas trincheras los espacios propicios para la vida. En el símil planteado por Paz, lo prosaico está representado por la prosa, con la que solemos escribir ensayo y narrativa, y lo poético, por la poesía, que es en sí misma el culmen, la síntesis de la creación literaria. Si me apuran les diré, que en el trabajo en cuestión elucido en líneas generales en torno de “la complementariedad prosa/poesía, lo que significa educar poéticamente, así como el reencuentro con los caminos extraviados, que nos haga reconocer la necesidad de mirar lo andado, y la búsqueda de senderos que posibiliten una vida verdadera. Esperanza y desesperanza, felicidad e infelicidad se mecen en nosotros, y en su isócrono movimiento abren espacios de luz, pero también de sombras”.

En este sentido, el pensamiento complejo me ha entregado innumerables herramientas, con las que he tenido acceso a miradas múltiples del existir, y de alguna manera ellas me han permitido tratar de enmendar la medianía (por no decir mediocridad) con la que vivimos el día a día, como si de una pesada y tediosa tarea escolar se tratara. Nos dejamos arrastrar en nuestra mal llamada cotidianidad, por todas las vicisitudes, y los años se nos van intentando apagar fuegos, urgencias, emergencias, apuros, impasses, errores, extravíos y desviaciones, sin prestar atención al eje central de nuestro paso por este planeta, es decir, vivir verdaderamente, lo que algunos denominan como una existencia plena. En palabras del pensamiento complejo: debemos vivir poéticamente, lo que equivale, señores, a otorgar a nuestro devenir un verdadero giro copernicano, y lo que implica a su vez un cambio de nuestra lente, de nuestra visión del mundo y de su densa realidad. “Lo prosaico se apodera de nuestra existencia. En el camino nos olvidamos de los claroscuros inherentes a esa ambivalencia de la que habláramos (prosa/poesía), dejándose de lado el otro extremo: lo poético…. No se trata acá de creer en la falsa ilusión de una existencia paradisíaca, libre de los avatares propios del día a día, sino que emerjan esas complejidades que nos caracterizan, y nos movamos echando mano de la “esencial heterogeneidad del ser”, aludida por el poeta Machado, para hacer menos chato un trajinar que podría llevarnos a alcanzar altas cimas de realización personal y colectiva”.

Como seres diversos, múltiples, pluridimensionales, y a la vez únicos, estamos dotados de sentidos para captar la vida en toda su excelsitud (cosmovisión), y también de la intuición y de la espiritualidad para percibir aquello que está fuera de la razón (de la Razón Ilustrada, qué duda cabe), pero que sin embargo nos acontece, y hace de nosotros seres lanzados a la abstracción, a la contemplación, pero también a lo fáctico y a la cruda realidad. Esa heterogeneidad, traducida en integralidad, nos permite la alternancia entre lo prosaico y lo poético, solo que muchas veces perdemos la visión del “todo” y nos dejamos arropar por la realidad, hasta borrar de nuestras vidas todo aquello que nos eleva y nos lleva a cimas de sorprendente autorrealización, como diría el gran Abraham Maslow.

Por supuesto, como humanos no podemos pretender vivir en todo momento dentro una burbuja poética, sería un éxtasis agotador y aburrido y la belleza perdería su sentido, y sería dejar de lado el otro platillo de la balanza, que nos equilibra y nos ubica en el ahora, solo que la poética del vivir nos recuerda a cada instante, que dentro de nosotros yace el germen de la completitud, pero se nos pasa la vida en su desesperada búsqueda, creyendo verla del otro lado de la cerca, cuando muchas veces en nuestro propio campo florecen los brotes y se dan los frutos del Edén prometido. “Esa complementariedad y alternancia que se nos menciona, solo será posible si nos abrimos a la dimensión de seres complejos, cuya trama de encuentros y desencuentros, de verdades y mentiras, de alegrías y tristezas, de luces y de sombras, forma parte de nuestra más profunda esencia, ya que sin ella no hubiésemos llegado a este punto de la historia, ni podríamos seguir avanzando a pesar de las adversidades. Esa capacidad para mecernos entre la fortuna y el infortunio, y salir fortalecidos, es precisamente la clave para un “ahora” que se nos muestra descarnado e incierto”.

Somos indiscutiblemente seres de ambivalencias. En nosotros se da en cuestión de nanosegundos la alternancia prosa-poesía, cielo-infierno, luz-oscuridad. Nuestro día a día es un crudo electrocardiograma, cuyos picos arriba y abajo dicen mucho de nuestras dicotomías, de nuestros claroscuros; de la multiplicidad de voces que nos habitan para hacer de nuestras vidas ricos universos hundidos en medio de la diversidad del mundo. El símil prosa/poesía, del que echa mano el pensamiento complejo, nos permite, no solo vislumbrar hacia lo interno nuestras grandes posibilidades salvíficas, y la comprensión del ser desde lo ontológico y lo fáctico, sino que a lo externo nos posibilita el vislumbre de caminos en medio de la vastedad oceánica de una realidad, que muchas veces nos sobrepasa hasta hacer de nosotros simples piezas de un infernal e incomprensible juego, del que casi nunca nos percatamos, y cuando oteamos luces en medio de la densa oscuridad, hemos llegado al final del camino y sin posibilidades de retorno a lo vivido. Ni más ni menos, una noria, un bucle recursivo, que realimenta prosa con más prosa.

Nuestra esencial heterogeneidad como hemos visto hasta ahora, implica haz y envés, las dos caras de una misma moneda, como solemos afirmar, pero también las dos caras de la hoja de la planta, que sabemos que están, y que tienen su propio brillo u opacidad, pero que jamás nos detenemos a diferenciar en su absoluta esencialidad (no hay posibilidad alguna de existencia de la una sin la otra); las mismas dos caras que nos caracterizan como humanos: la física, la que vemos en nosotros y en los demás, la que mostramos al mundo, pero también la oculta, la que subyace, la que nos constituye. En otras palabras, la ambivalencia de la que hemos venido hablando en el campo de las sensaciones y las emociones, pero en otros planos, a veces no tan sutiles. Podríamos también extrapolarlo a nuestros dos estados fundamentales: salud y enfermedad, lo que nos obliga a prestarle atención a la primera en todas sus manifestaciones: personal, social y ecológica, sin cuyo equilibrio habría la denominada salud total, que echa por tierra el viejo concepto según el cual la salud es la ausencia de enfermedad, para adentrase en los territorios de lo personal, de las relaciones humanas y de la biosfera (es decir, de todo lo que vive en el planeta). Hemos llegado como humanidad a un punto de quiebre ecológico de tal magnitud, que hemos puesto en riesgo la vida de la Tierra. Fíjense, señores, que a propósito no he dicho “la vida sobre la Tierra”, ya que en este sentido, conviene recordar la ya no tan novedosa noción de la Tierra-Gaia, que trae consigo el concepto de superorganismo vivo, que cambia para siempre nuestra relación con el planeta, al sentirnos “parte” y “todo” de ella, por lo cual, al emerger de sus entrañas, el daño que le infringimos es un daño que atenta contra nuestra propia sobrevivencia, de allí la necesaria acción para detener ya la destrucción que hemos emprendido en aras del desarrollo, que si bien ha traído progreso y “confort” (mas no calidad de vida), en contraposición ha socavado la entrañas del planeta. “Independientemente de los encuentros o desencuentros con las posturas intelectuales y académicas (que el tema suscita), en una cuestión estamos meridianamente de acuerdo: no habrá salud o bienestar humano si la psique está trastocada y si su mundo físico o su entorno luce un rostro enfermo y amenazante. La conjunción apropiada de todas estas variables, hace que el Ser disfrute de una plenitud que lo eleve a las más empinadas cimas de realización personal, familiar y social. En pocas palabras: lo poético del vivir”.

Regresando a Octavio Paz, cuyo pensamiento generó en mí toda esta reflexión ontológica, hay una expresión en su obra citada (El arco y la lira, p. 137) que concita suprema hondura: “La experiencia poética, como la religiosa es un salto mortal: un cambiar de naturaleza que es también un regresar a nuestra naturaleza original.” Más adelante agrega contundente: “La experiencia poética es una revelación de nuestra condición original. Y esa revelación se resuelve siempre en una creación: la de nosotros mismos. La revelación no descubre algo externo, que estaba ahí, ajeno, sino que el acto de descubrir entraña la creación de lo que va a ser descubierto: nuestro propio ser”. (p. 154) Recordemos que Paz, como el magnífico poeta que es (o que era, como queramos), utiliza figuras literarias para dejar en quien lo lee: imágenes, conceptos, sensaciones, que vayan más allá de la literalidad, para internarse en el terreno de lo sublime (pensamiento-espíritu) con conexión en lo fáctico (Terredad, como diría nuestro recordado bardo Eugenio Montejo).

No obstante, distinguidos amigos, y más allá de la belleza de las figuras literarias, creo que hay qué caracterizar lo poético en nuestras vidas, para comprender en toda su magnitud lo que en el trabajo planteo. En este punto expreso: “El disfrute frente al mar, o ante un amanecer o un atardecer, la paz de un bosque, las risas de los juegos infantiles, el canto de las aves mañaneras y vespertinas, la dulce tranquilidad y la sabiduría de la ancianidad bien llevada, la escucha y el éxtasis con una pieza sinfónica, la observación de una obra pictórica o escultórica, la inaudita beatitud y el silencio de un templo, el remanso del cadencioso correr de un río, la indefensión y la placidez del sueño de un recién nacido, la inocencia originaria de un animal, la belleza de una flor nacida para morir el mismo día, la magnificencia de la sierra nevada, el sabor y el color de una fruta fresca, la entrega y el placer en la lectura de una obra literaria, la alegría de la amistad, el abrazo amoroso a la pareja y a los hijos; todo, todo es poesía”. En otras palabras, la poesía no implica solo el escribir poemas (que muchas veces no contienen poesía, y lo sabemos de sobra); lo arriba enunciado es el summum de la poesía sin ser en sí un poema. Es la vida la que escribe, es la vida la que literaturaliza cada variable contenida en nuestro paso por la Tierra. 

Por supuesto, abrirnos a la poética del existir implica un cambio profundo en nuestro ser, en nuestra manera de ver y de comprender el mundo y la existencia, porque es volver a nuestra esencial heterogeneidad, es consustanciarnos con lo que subyace en nosotros, es conectarnos con lo que bulle a cada instante y que por la prisa que llevamos en nuestro diario trajinar, no logramos captar ni mucho menos disfrutar en todo su esplendor e inconmensurable belleza. Muchos llegan al final de su existencia sin haber vivido jamás, y no me refiero a los que mueren de forma prematura; me refiero a aquellos quienes teniendo la posibilidad dentro de sí del mayor de los disfrutes, de leer en el entorno las más sublimes páginas de la poesía, de extasiarse frente a los más maravillosos sucesos (por nimios que parezcan), nos los reconocen y pasan de largo, supeditando lo importante a lo urgente, lo poético a lo prosaico. Su lógica simple les dice a lo interno que ya habrá tiempo para detenerse en “tonterías”, para mirar con otros ojos lo que se muestra ante sus ojos, sin detenerse a pensar que quizá ese portento, ese milagro de la vida, posiblemente no se repita jamás. No se repetirá jamás, por ejemplo, la infancia de nuestros hijos, pasa en un abrir y cerrar de ojos, y sin embargo, muchos eludimos y perdemos esos momentos de felicidad argumentando mil compromisos, y cuando hacemos el tiempo, cuando ya hemos cumplido con el negocio, con la universidad, o con lo que sea, esos niños ya son hombres y mujeres, y hemos dejado sus risas y sus juegos desperdigados a la vera del camino.

Como ya lo dije antes, no se trata de entregarnos por entero al disfrute orgiástico de los sentidos, obviando el envés de la existencia; se trata de buscar dentro de nosotros ese fiel de la balanza que nos posibilite mecernos entre lo prosaico y lo poético, como quien otea los primeros rayos de luz en plena oscuridad. Nos hace falta entender la relación de imágenes especulares que deberá haber entre ambas nociones, al parecer antinómicas, pero sin cuya sincronización, que dependerá de nosotros si resulta sinérgica o no, pasaremos de largo por la vida sin haber comprendido ni disfrutado en un ápice de su portentosa diversidad. Es entonces cuando nos cosificamos, hacemos de nuestro “todo” un algo gris u oscuro, perdemos de vista las tonalidades, los claroscuros, los sonidos y las voces de todo lo que bulle a nuestro alrededor. Dentro de nuestra racionalidad solo vemos problemas, responsabilidades, compromisos y trabajo, y obviamos las otras variables (ocio, disfrute, alegría, interrelación, empatía, juego, diversión, etc.), olvidándonos de que sin el necesario equilibrio prosa/poesía pronto llega la enfermedad y la muerte. Esos seres que nos habitan, esos niños que llevamos dentro, que nos susurran cosas al oído, que nos interpelan a cada instante, requieren de parte de nuestro lado racional y consciente, que establezcamos vasos comunicantes que los conecte y los ponga en sintonía con “el ahora”, de lo contrario perderemos para siempre su necesaria interrelación, hasta quedar apagados, hundidos en nuestros más profundos intersticios, y nosotros convertidos en seres hoscos, resentidos con la vida, frustrados en nuestros planes vitales, rumiando hasta el final en todo aquello que soñamos y que no llegó y, que según nuestra lógica del desengaño, se debió a la mala suerte que siempre nos atenazó.

La vida nos reclama a cada instante a conectarnos con nuestro “yo interior”, a escuchar sin dilaciones las voces que nos llegan desde adentro, que nos hablan en clave y que solo nosotros podemos descifrar. “De pronto un suceso imprevisto, bueno o malo, nos interpela y nos recuerda nuestra esencial heterogeneidad, así como el hondo desencuentro de los seres que nos habitan. La pandemia del Covid-19,… por ejemplo, ha sido un punto de inflexión en nuestras vidas. Sin percatarnos, lo inesperado tomó las riendas y nos sumergió en aguas profundas, para recordarnos que nuestra vida no era el vivir, y afloró muy pronto la ambivalencia, la complejidad que nos habita”. Al respecto nos dice Paz: “Encubierto por la vida profana o prosaica, nuestro ser de pronto recuerda su perdida identidad; y entonces aparece, emerge, ese “otro” que somos.” (p. 137) La pandemia nos ha impactado de tal modo, que nos ha regresado a nuestros orígenes, a tener que vérnoslas con nosotros mismos, con aquellos otros seres que nos habitan y que están atentos a las señales para aflorar, para emerger en nuestro auxilio, para intentar la sinergia en medio de nuestras más enconadas batallas. El reencuentro con la familia, el recogimiento y la reflexión, la interacción con los nuestros, la búsqueda de respuestas en medio de la tribulación, la oración, la lectura y la contemplación, la quietud de la mente y del cuerpo ya libres del barullo exterior, son apenas las señales inequívocas de una condición humana que va más allá de nuestras propias discrepancias, para internarse por los zigzagueantes senderos de la complejidad.

De la racionalidad extrema que nos empuja a la objetividad y al referente fáctico, tuvimos que dar el salto a la sensibilidad; del afanoso trabajo fuera de la casa, al a veces lúdico intercambio a través de la tecnología; de la atávica necesidad del contacto y del abrazo, a un distanciamiento que nos apremia a una mayor conexión en los territorios del espíritu. El principio dialógico, que separa nociones supuestamente antagónicas e irreconciliables, se articula a nuestro favor para corroborar hoy y siempre que los opuestos no se anulan, sino que se atraen y se complementan, y que siempre habrá vasos comunicantes que los pongan en contacto, que los reconcilien, que los amalgamen para dar respuesta a la complejidad que nos conforma. La noche y el día no se dan de manera abrupta, sino que entre ambas experiencias vitales hay recorridos que las entrecruzan y las matizan. Sus claroscuros, el alba y el atardecer, se conjuntan en puntos determinados del espectro lumínico, para traer consigo quiebre y renacer, de manera isócrona y permanente, y así ha sucedido desde el inicio del mundo. Igual con los seres humanos: somos únicos y a la vez diversos, y en esa dialógica hemos llegado a acuerdos, interrumpidos por las guerras, transijo, pero en esa alternancia ha sido posible el concepto de humanidad.

Nos educan para ganar la gran batalla por la vida, pero no para vivir poéticamente. La Razón Ilustrada trajo hasta nosotros la noción de saberes disjuntos, que no se interrelacionan, que no se complementan. Como se comprenderá, tal situación atenta contra la esencial heterogeneidad del ser, al no producirse la posibilidad de emersión en nosotros de lo poético del existir, para ponerlo en correspondencia con lo prosaico, de tal forma de articularlos para una adecuada comprensión del existir en su vasta densidad. Esta distorsión epistémica produce ceguera cognitiva, lo que nos lleva a creer que podemos explicar todo bajo el paradigma de la simplicidad, dejándose de lado la urdimbre que constituye el “todo”, es decir, la vida. Lamentablemente, el cartesianismo no solo está presente en el territorio de lo académico, sino en la noción misma que tenemos de la realidad. “Quienes enseñamos y quienes aprendemos, y toda la humanidad en general, anhelamos que la poética del vivir siga presente en cada uno de nosotros, que el conocimiento no vaya en contrasentido con la dinámica de la realidad física que nos envuelve, sino que sea herramienta clave para su develamiento y comprensión”. Lo ideal sería entonces que la educación en todos sus niveles nos preparara para vivir la vida en su más hondo sentido físico, espiritual y filosófico (¿y por qué no, metafísico?), y que sus herramientas nos permitan articular las densas variables que nos afectan, de tal manera de hacer nosotros seres ganados para la poética del vivir, y no seres incapacitados (posiblemente frustrados) para la gran experiencia que implica nuestro paso por la Tierra. “La esencial heterogeneidad del ser nos impele en estos difíciles momentos a reinventarnos, a sacar de lo más profundo de nosotros lo que nos constituye y que siempre ha estado allí”.

“El ser humano es fundamentalmente cuerpo. Un cuerpo vivo y no un cadáver, una realidad bio-psico-energético-cultural, dotada de un sistema perceptivo, cognitivo, afectivo, valorativo, informacional y espiritual.”, nos lo dice el teólogo y filósofo brasileño Leonardo Boff, en su libro El cuidado necesario (p. 93). En otras palabras, somos seres ambivalentes, insertos en una extraordinaria aventura planetaria, pero no estamos solos en ella, sino que tenemos que compartirla con otros seres (animales, plantas y microorganismos), so pena de romper con el equilibrio dinámico que hace posible el sostenimiento del planeta, y con él, su pase a las generaciones que vendrán. El reconocimiento y la comprensión de la esencial heterogeneidad del ser lucen hoy imperativos, sobre todo cuando la humanidad enfrenta profundos traumas, oscuros enemigos y dramáticos cambios epocales, que la hacen vulnerable frente al futuro. Prosa y poesía deberán así mecerse sin caer en el vacío, sin obnubilar los sentidos, pero buscando un equilibro que nos permita ser verdaderamente humanos y estar verdaderamente vivos.

Distinguidos colegas y amigos, precisamente en este punto final de mi reflexión me topé en las redes con una frase aludida a George Orwell, supuestamente inserta en su libro 1984, considerado por los críticos y por los lectores de asombrosa clarividencia, que podría ilustrar en pocas palabras, todo lo que aquí he pretendido con este largo discurso. Sin más, reticente como soy frente a todo lo que aparece en las redes, me di a la tarea de rastrear la frase en el ejemplar del libro que reposa en mi biblioteca, y para mi asombro, luego de casi una hora de búsqueda, hallé un diálogo entre Julia y Winston, personajes centrales, y allí apareció la frase, espléndida y desafiante. Veamos someramente el contexto. Ambos personajes discuten si los que ostentan el poder (es decir, la dictadura) pueden entrar en sus almas, hasta el extremo de obligarlo a él a dejar de amarla. Cito textualmente el diálogo:

“Julia reflexionó sobre ello.

–A eso no pueden obligarte –dijo al cabo de un rato. Es lo único que no pueden hacer. Pueden forzarte a decir cualquier cosa, pero no hay manera de que te lo hagan creer. Dentro de ti no pueden entrar nunca.

–Eso es verdad –dijo Winston con un poco más de esperanza–. No pueden penetrar en nuestra alma. Si podemos sentir que merece la pena seguir siendo humanos, aunque esto no tenga ningún resultado positivo, los habremos derrotado.”  

Agrega el narrador omnisciente:

“Los hechos no podían ser ocultados, podían ser localizados por investigación, podían exprimirlos con la tortura. Pero si el objetivo no era salvar la vida sino mantenerse humanos hasta el final, ¿qué importaba todo aquello? Los sentimientos no podían cambiarlos, es más, ni uno mismo podría suprimirlos. Sin duda, podrían saber hasta el más pequeño detalle de todo lo que uno hubiera hecho, dicho o pensado, pero el fondo del corazón, cuyo contenido era un misterio incluso para su dueño, se mantendría siempre inexpugnable.” (pp. 205-206)

Creo, apreciados colegas, que todos somos Julia y Winston, y en su dilema ético y fáctico nos mecemos a cada instante: no es salvar la vida sino mantenernos humanos hasta el final.      

Antes de concluir estas páginas deseo leerles un poema (el número XIII) tomado de mi libro Lumen El fuego interior (2020), todavía inédito:

  XIII
  
 deshazte pronto de tus penas, mar-
 cha a ritmo trepidante, llega a la cima
 del Olimpo, pues es tarde en
 el ahora. No vaciles un segundo, inci-
 nera ya el hastío, haz de cada mo-
 mento huella y destino
  
 ven, apresúrate, la noche agota
 callada su simiente, los espectros
 yacen inquietos en las sombras; la
 luz naciente coquetea con la aurora
 e irrumpe sin permiso el nuevo día
  
 ven, no hay tiempo que perder, el
 cielo ha contado nuestros días, y ya
 se asoman entre nosotros las pri-
 meras marcas del olvido
  
 ven, a galope sobre las horas, que cada
 segundo gastado es un cruel desa-
 fío; descubre tu rostro a las olas,
 que el viento meza tu pelo, que ya
 nada quede por decir entre nosotros
  
 la luna se ha ocultado y
 el sol enceguece, nada se detiene
 en el isócrono batir del tiempo. Ven,
 se hace tarde, y de nada vale volver
 la mirada cuando todo se ha mar-
 chado. Ven, no demores, es ahora;
 la vida muere callada  


 Muchas gracias señores.

Bibliografía citada

Boff, L. (2012). El cuidado necesario. Madrid: Editorial Trotta.

Nietzsche, F. (2009). El ocaso de los ídolos. Barcelona: TusQuets Editores.

Orwell, G. (2016). 1984. Caracas: Tecni-ciencias libros.

Paz, O. (2012). El arco y la lira. México, D.F.: Fondo de Cultura Económica.

Rojas Guardia, A. (2017). El deseo y el infinito. Diarios (2015-2017). Caracas: Seix Barral Biblioteca Breve.  


Nota:

Las citas personales fueron tomadas de mi ensayo titulado La esencial hererogeneidad del ser, publicado en laRevista del Grupo de Investigación en Comunidad y Salud (GICOS) de la Facultad de Medicina de la Universidad de Los Andes, Volumen 5, N° especial 2,  Diciembre de 2020. Si desean leerlo in extenso o descargarlo, pueden entrar al Repositorio de la Universidad de Los Andes en donde se aloja la citada revista, desde el siguiente link:

www.saber.ula.ve

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Cuento - MI VECINO EL ESCRITOR

 

Por: Ricardo Gil Otaiza 

Lo recuerdo entre brumas y sueños, como también el tac-tac de su vieja y destartalada máquina de escribir Olympia. No había momento impropio, ni horarios, ni excusas, escribir fue su vida y su razón de ser. En la soledad de su estudio recreó la vida, inventó situaciones que divirtieron y alejaron el hastío. Escri­bió a toda hora, bajo la presión del cansancio físico y la incuria de su propio cuerpo. Yo era su vecino, y hasta lo llegué a envi­diar en la vorágine de su fama. Día tras día me asomé al balcón de mi cuarto con la esperanza de ver al hombre más admirado del país, intenté copiar su estilo de vida, pero fue más que impo­sible. Era incansable, inagotable; mientras mis fuerzas se agota­ban a la espera de la inspiración, aquel hombre —muy mayor para entonces— parecía un iluminado; jamás lo llegué a ver inac­tivo. Siempre me pregunté cuál había sido el secreto de su triunfo, leí con desesperación todos sus libros, escudriñé dentro de su uni­verso literario para encontrar la raíz de sus aciertos. Todo era muy evidente —claro— realidades perdidas dentro del universo común, calles como las que transitamos a diario, veredas perdi­das en ciudades, personajes nacidos de la nada. Tenía que haber algo que el admirado autor escondía a su público, esa varita que todos deseamos encontrar. En las mañanas, salía a pasear —algo muy breve— daba la vuelta a la manzana y tomaba un café en el restaurante de la esquina. Con los años sus pasos se hicieron breves, pero seguros, su cabeza siempre gacha y en la mano lleva­ba un bello bastón que resaltaba entre el sencillo atuendo. A pesar de haber transcurrido más de veinte años de todo aquello, siento el sabor de ayer, por mi mente cruzan a cada instante los recuerdos hermosos de mis pequeñas y grandes esperanzas de entonces. Yo también quería ser escritor como el vecino de enfrente, quería seguir ardientemente sus pasos. A pesar de la vida tan sobria que llevaba, lo veía distinto al resto de la gente que conocía. Cuando iba al colegio, lo hacía por la acera de la casa del escritor, con la sola idea de tropezarme algún día con él. Pero era un hombre muy solo y triste, creo que nadie vivía en su compañía, tenía una secretaria que le desembrollaba los papeles y le tramitaba sus publicaciones. Al caer el sol, ella, hermosa aún, salía rápidamente de su casa y se perdía en el labe­rinto de las tumultuosas calles. Mis padres me recriminaban tan­ta admiración por ese señor de enfrente, pero no podía evitarlo, una inmensa fuerza de atracción ejercía su figura sobre mí. Los amigos del colegio decían que era un viejo gruñón y mal encara­do, yo me molestaba y lo defendía a ultranza. Al leer sus libros no se podía uno imaginar que un hombre solo, sin esposa, hijos y ni siquiera un perro, recreaba y orquestaba fabulosas narracio­nes, exquisitas novelas que le valieron el favor de la crítica y varios premios importantes. Todo un mundo llevaba en su blanca cabeza, en esos ojos color azul intenso se reflejaba un ser inquieto, descon­tento de las cosas y del mundo que lo rodeaba. Yo fui creciendo como lo hacen también los árboles y los animales, y poco a poco encontré la anhelada inspiración, pero no en la literatura, sino en la música. Permanecí en el extranjero durante varios años —­seis exactamente. Viajé por varios países, conocí mucha gente y distintas culturas. Al llegar de nuevo a mi calle, me interesé por mi antiguo ídolo, por el viejo escritor de la casa de enfrente.

Todo había cambiado, las huellas del tiempo —inexorables— le habían modificado el rostro a las formas de mis recuerdos. La casa del viejo escritor ya no era su residencia, en cambio, ahora servía de escuela de música. Algo internamente me conmovió, tal vez en mis íntimos anhelos, me hubiese gustado encontrar todo, tal y como lo dejé. Al poco tiempo ingresé como profesor de teoría y solfeo en la escuela que funcionaba en la antigua casa del viejo escritor. El primer día fue grande mi emoción; me encontraba dentro del sitio que robó los sueños de mi infancia, dentro de la casa donde permaneció durante muchos años el hombre que más admiré e imité en mis primeros años. La resi­dencia era hermosa, alegre, con muchas entradas de sol, balco­nes internos y audaces, columnas perfectamente delineadas. Al lado del salón principal había una placa donde se recordaba es­cuetamente el nombre del escritor Bonifacio Herrera. Pasaron varias semanas, las que necesité para retomar el curso de mi vida. Organicé mis cosas, recorrí con entusiasmo las calles de mi vieja ciudad, visité eternos amigos, reviví olvidados amores. Una vez organizadas todas las cosas, quise hurgar un poco sobre el para­dero del viejo escritor. Pregunté afanosamente en diversos si­tios, en la escuela donde yo impartía enseñanza musical no pu­dieron —o no quisieron— ayudarme. Me dirigí a las oficinas del cementerio principal y allí no estaba su nombre. Fui a la oficina de la Dirección de Extranjería y no había abandonado el país. Mis padres no se enteraron de nada acerca del escritor, ya que se encontraban de viaje y, al regresar, ya no estaba allí viviendo.

Llegó un momento en que me sentí derrotado, no encontraba por ningún sitio al viejo escritor. Sólo me pude enterar que debi­do a su avanzada edad —93 años— se había retirado y en su casa editorial habían perdido toda comunicación con él. Desalenta­do, inicié una nueva semana de clases en el instituto, la verdad es que no sentía deseos de hablar con nadie. La música me molesta­ba, las risas de los niños me atormentaban. Uno de mis alumnos se me acercó una tarde y me dijo:

—Sabe profesor, el fin de semana mis padres me llevaron al ancianato que está a las afueras de la ciudad y me divertí mucho con los señores que allí viven. Yo miraba al niño con fingido interés, para nada me atraía su historia:

—Ah... muy bien, —dije en voz baja y sin esfuerzo.

—Sabe profesor —insistió el niño— conocí a un viejito que dice ser un gran escritor, me mostró varios libros en los cuales apare­ce su nombre... creo que se llama Bonifacio, no recuerdo su ape­llido. Recobré inmediatamente el aliento, levanté al niño en vilo. Me costaba creer la hermosa casualidad. Di por terminada las clases de ese día, y me dirigí rápidamente hacia el ancianato. Al llegar lo vi: estaba sentado cerca de la puerta. Nunca hablé con él, no sabía como iniciarle una conversación, conocía por referencias, su mal carácter. Sin preámbulos le dije:

—Buenas tardes escritor, mi nombre es Pablo Coronel.

—Buenas tardes hijo, siéntese, me gusta que me llamen escri­tor, eso fui en la vida... solo un escritor.

- Perdóneme pero estoy muy emocionado de poder hablar con usted, siempre quise hacerlo, pero el temor a que no me escuchara me lo impidió. Yo fui su vecino en la urbanización, viví al frente de su casa, siempre lo admiré en silencio.

—Usted debe ser el chiquillo que me espiaba a través del bal­cón casi a diario y en todo momento, ahora lo recuerdo. Me agradaba su interés por mí, los escritores somos un tanto vani­dosos. Siempre deseé que te me acercaras, estuve toda la vida muy solo. Mi única compañía fueron mis personajes... a veces les llamo mis fantasmas. Me persiguen cuando duermo, quieren cobrarme la fama. Pero yo no lo permito, les di vida, ellos me pertenecen, soy su padre y como tal, los trato como a unos hijos. Sabe joven, debí fundar una familia, tener unos verdaderos hi­jos. Nunca creí que la vejez fuera tan sola. Perdí la visión y casi no oigo y aquí me tratan como a otro más. Miles de perso­nas me conocieron, todos admiraron mis obras, estuve en la cum­bre de la fama y eso me convirtió en un ser arrogante y autosuficiente. Pensé que jamás necesitaría de nadie para vivir, que siempre me las arreglaría por mí mismo. Y qué equivocado estaba, joven. Me siento como aquellos padres que dan la vida, que lo entregan todo, que dejan de vivir por dar más de sí mismos y al final no reciben nada, se quedan con las manos vacías, abandonados por sus propias creaciones. Mi caso es similar hijo, me quedé solo después de haberle dado vida a cientos de personajes, después de haber llenado miles de páginas de libros con mis cuentos e historias. Todos se fueron, se quedaron entre los estantes, o tal vez murieron en los cestos de basura debido a la amarillez de sus rostros o lo carcomido de sus carátulas. Tal vez algunos personajes .fue­ron retornados por escritores más afortunados en la vida, y los supieron colocar en situaciones más favorables para su existen­cia. A lo mejor mi nombre aparezca en algún diccionario o texto de enseñanza, o me incluyan de personaje en alguna novela. Si eso sucediera, me gustaría que el escritor me diera un destino mejor: una esposa, unos hijos, unos nietos. Que borrara de mi vida la soledad y la tristeza, que me condujera a diario a los parques, que me llevara al cine, que me incluyera en alguna pelea calleje­ra, que me diera amigos. No me molestaría por nada de eso, por el contrario, me encantaría que se tomara esas licencias, sin ce­ñirse estrictamente a mi torpe realidad, a mi carácter impenetra­ble y quisquilloso, a mi manera de hacer la vida muy distinta a lo que creaba en mis propias novelas.

Guardé silencio durante un rato y luego me despedí con la promesa de regresar muy pronto. Durante meses fui a verlo en el instituto, sus palabras sabias y entendidas fueron regando la semilla que de escritor aún perma­necía en mí. Así fue como empecé a escribir mi primera novela, los fines de semana se la llevaba al viejo Bonifacio y él me daba sugerencias. Faltando sólo por escribir el último capítulo, no encontré en el acostumbrado sitio al viejo escritor. Turbado, pregunté a las religiosas encargadas por su paradero, y la res­puesta fue: “el viejo Bonifacio se encuentra gravemente enfer­mo, el médico del instituto nos dijo que lo dejáramos tranquilo, que su mal no tenía remedio”. Pedí a la religiosa que me permitiera hablar un momento con el viejo escritor, le dije que no lo moles­taría. Ella accedió con reticencias. Al entrar a la habitación, el viejo yacía sobre su lecho, apagado e inmóvil. Me fui acercando lentamente, al instante él despertó y me reconoció.

—Que bueno hijo que vino, llegué a creer que moriría sin despedirme de usted:

—Escritor —dije trémulo— ya verá que se recupera. Sabe, estoy finalizando la novela, me quedan sólo unas pocas páginas por escribir.

—Hijo, escriba que el viejo Bonifacio vivió sus últimos mo­mentos al Iado de sus familiares; que le cerraron los ojos su espo­sa y sus hijos. Escriba también, que sus amigos quejumbrosos ante la muerte, colmaron la habitación de perfumadas y exóticas flores... y guardaron finalmente un minuto de silencio.

Sin poder articular nuevas palabras, me levanté lentamente sin dejar de mirarlo, atravesé el umbral del hermoso recinto y me perdí en el ardor de aquella tarde.



Tomado del libro Paraíso olvidado, publicado originalmente por el Consejo de Publicaciones de la Universidad de Los Andes (1996) y luego publicado en Cuentos, antología personal, editado por el Vicerrectorado Administrativo de la Universidad de Los Andes y ALEPH universitaria (2010).

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Video de la Sesión IV - 2021: Incorporación del Dr. Ricardo Gil Otaiza a Individuo Numerario

 


La Academia de Mérida (Venezuela) tiene el agrado de presentar la Sesión Solemne de Incorporación del Dr. Ricardo Gil Otaiza como Individuo de Número, Sillón 5, realizada el día 17 de febrero de 2021.

Agenda de la sesión:

[00:00​]  Apertura de Sesión Solemne a cargo del Presidente de la Academia de Mérida, Dr. Eleazar Ontiveros Paolini y lectura de la Agenda a cargo de la Secretaria Accidental, Dra. Janne Rojas Vera.

[01:50​]  Palabras del Dr. Eleazar Ontiveros Paolini, Presidente de la Academia de Mérida.

[04:36​]  Lectura del Acuerdo de la Academia de Mérida para la Incorporación del Dr. Ricardo Gil Otaiza como Individuo de Número, Sillón No. 5.

[18:01​]  Lectura del Trabajo de Incorporación del Dr. Ricardo Gil Otaiza como Individuo de Número.

[01:03:24​]  Discurso de Respuesta a cargo del Académico Dr. Rosendo Camargo Mora, Individuo de Número, Sillón 14.

[01:25:17​]  Juramentación del Dr. Ricardo Gil Otaiza como Individuo de Número, Sillón No. 5.

[01:26:21​] Entrega de Acuerdo e Imposición de Medalla que acredita al Dr. Ricardo Gil Otaiza como Individuo de Número, Sillón 5, de esta institución.

[01:27:53​]  Firma del Libro de Personalidades Ilustres.

9) Clausura de la Sesión Solemne.

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Créditos:

Producción, edición y montaje: Dr. Jonás A. Montilva C. 

Promoción: Dr. Luis Sandia 

Fotografía y grabación: Sr. Alejandro Ramos

Música de fondo:  Corelli - Concierto I en Re Mayor - Allegro adagio



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Poema XLIX


Por: Ricardo Gil Otaiza 

XLIX

libas la flor del Edén y te sacias
con su néctar, esparces tu simiente en
el mundo y como en los espejos de Bor-
ges abominas de la humanidad. Eres
cocreador de todo, en ti anidan las raíces
de lo atávico y bulle lo insondable.
Ya nada podrás hacer, eres ímpetu,
fuerza incontenible, fragor de mil ba-
tallas olvidadas para siempre

estás en el ahora y traes contigo el mun-
do: todo es de tu esencia, guardas pa-
ra siempre la clave de la vida. No hay
azar posible, vas y vienes en muchas
pieles, cada recodo de tu cuerpo ex-
plica el infinito, habla distintas len-
guas, se pierde en la neblina de los
tiempos

un día te marchas sin mucha explica-
ción, dices adiós a todo pero te quedas;
serás entonces memoria, brisa del ama-
necer, canto suave en la mañana,
sueño del niño al nacer. Te fuiste, pero
seguirás en cada anhelo perdido, en
el viento que sopla y golpea la ventana,
en cada grano de arena de una playa
desierta, en el abrazo amoroso de la 
madrugada


Tomado de mi poemario inédito Lumen El fuego interior

 

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Poema XLVIII

 


Por: Ricardo Gil Otaiza 

XLVIII

eres llama ignota en la noche de
los tiempos, contigo renace a
cada momento la conciencia del
ahora y el anhelo del mañana,
tu luz perenne gravita en cada
ser y como halo de estrella eres
guía y camino, milagro y azar,
presencia y destino

en ti vibra el mundo y en cada
latir te haces uno y muchos, lle-
vas contigo el gen de la memoria,
nada escapa a tus designios; tu
heredad es huella profunda, pie-
dra cincelada por los siglos, voz
ancestral que deviene y se hace
eco entre nosotros

eres el mismo y otro a la vez, el
cambio es tu signo, todo queda
y se va y en esta dicotomía se
abre dentro de ti el universo, y te 
expandes en la nada, entre el ayer y
el mañana, y como náufrago en la 
orilla te asombras, exhalas un suspiro, 
echas a andar de nuevo barriendo los 
pasos, cargando sobre ti la historia


Tomado de mi poemario inédito Lumen El fuego interior


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Cuento - EL VENTRÍLOCUO

 


Por: Ricardo Gil Otaiza 

Desde muy pequeño, Juan Cordero tuvo inclinaciones cultu­rales y artísticas. Soñaba con brillar como estrella en el firmamen­to de la farándula nacional e internacional. Ya de adolescente, formó un pequeño grupo teatral, con el cual realizaba el monta­je de algunas obras y las llevaba por todas partes. No había cami­nos que no recorriera, ciudades que no visitara en su afán de recrear a la gente. Sin embargo, era un niño muy inquieto y aventurero. Todo esto le atrajo una serie de inconvenientes. Más de una vez tuvo que huir, junto con los demás integrantes de su grupo, de la lluvia de piedras luego de alguna presentación tea­tral. Cuentan que en la ciudad de Barinas montaron la obra “El Cristo de las Violetas". Juan representaba al difícil perso­naje de Don Fernando, un español típico de la época colonial. En medio de la actuación, debía Don Fernando (Juan) alcanzar­le la silla a la cieguita, pero tuvo la infeliz ocurrencia de sacarla rápidamente antes de que la muchacha pudiera sentarse, yen­do ésta a parar de golpe sobre la tarima. Tuvieron que salir precipitadamente de aquel sitio, para evitar ser heridos por las piedras que llovieron a granel.

Aquello no desanimó al grupo. Montaron otra obra, esta vez de la autoría de Juan Cordero. La representación se realizó en la ciudad de San Cristóbal, en un elegante salón del Centro Cí­vico. La noche de la gala del estreno, bajó Juan Cordero del escenario y se acercó hasta el puesto de un respetable señor, a quien despojó de uno de los zapatos. Le quitó sin permiso el calcetín y se lo llevó con el brazo en alto, haciendo alarde del mal olor del mismo. Esa misma noche, a la salida de la obra, el citado señor avergon­zado todavía por el bochorno del cual había sido objeto, se suicidó en uno de los baños del sitio. Como es de suponer, se presentaron las autoridades policiales y arrestaron a todos los miembros del grupo. En pri­sión permanecieron por espacio de una semana, hasta que pu­dieron salir gracias a los buenos oficios del Director de Cultura de una de las ciudades presentes en aquella gala teatral.

Luego del estrepitoso final del grupo de teatro, Juan Cordero quiso introducirse en los duros caminos de la literatura. Escri­bió un cuento que fue rechazado varias veces por los diarios lo­cales. Aquellos alegaban    —con razones válidas, por cierto—, erro­res gramaticales, sintaxis incorrecta, incoherencias, etc. Tanto insistió el muchacho, hasta que un famoso diario le aceptó el texto, para ser publicado en una separata cultural que aparecía encartada todos los domingos.

Al lunes siguiente, las reacciones no se hicieron esperar. Lle­garon cartas insultantes contra el director del diario, llamadas amenazantes contra el gerente general, quien decidió, en un ataque de furia, despedir al ingenuo director. La ira del arzo­bispo por el vilipendio del que fue objeto en el cuento de Juan Cordero, llegó hasta las alturas del Vaticano. El Papa se vio en la obligación de escribir una nota de adhesión y de respaldo al arzo­bispo, a través del Nuncio.

Así finalizó la triste incursión de Juan Cordero en la literatu­ra, ya que todos los diarios de circulación nacional se hicieron eco de la situación y le cerraron las puertas.

Pocos días después, se le vio alegre, con nuevos aires; aquellos que mostraba cuando tenía algún proyecto entre manos. Fue hasta un cuarto ubicado hacia el fondo de su casa, y buscó entre las cosas perdidas de un viejo escaparate. Permaneció encerrado durante tres días y tres noches. No comía, ni se bañaba, mucho menos dormía. Al cabo de aquel tiempo, empezó a inquietar a sus padres y amigos, quienes se pararon frente a la puerta del cuarto en cuestión para saber lo que ocurría. Al poco rato, la puerta se abrió y apareció Juan Cordero     —más que con una sonrisa— con una mueca de expectación. Pero no salió solo, estaba acompañado de dos espantosos muñecos que había fabricado durante los días del encierro. Aquellos seres inanimados, tenían una expresión bastante extraña y grotesca. Sus rostros parecían de cera.

A partir de aquel momento el joven se dedicó a la tarea de hacer hablar a sus muñecos, sin que los movimientos de sus la­bios fuesen detectados por el público. Días y noches le llevaron lo­grar aquel cometido. Pero lo logró. Quien lo veía en plena ac­tuación, juraba que los muñecos poseían vida propia. La modu­lación perfecta de los tonos de las voces, el fino humor que los acompañaba, la coordinación perfecta entre los dos personajes siniestros. Poco a poco la gente comenzó a murmurar que los muñecos tenían vida propia y que eran el engendro de algunos demonios sueltos. Unos dijeron haberlos visto caminando en una solitaria avenida de la ciudad. Otro —más osado aún— juró en la prefectu­ra que uno de los perversos muñecos lo había atacado una no­che con intención de violarlo.

La fama del ventrílocuo se fue extendiendo hasta las ciudades cercanas. Constantemente llegaban invitaciones para asistir a eventos importantes. De Caracas un conocido animador de tele­visión lo invitó a participar en su popular programa de nuevas estrellas.

Después de cada presentación, Juan Cordero se daba a la fatigosa tarea de limpiar y mejorar el aspecto decaído de sus muñecos. Según cuentan, les hablaba, los acari­ciaba suavemente y les daba un trato como si de seres humanos se trataran. Su compenetración con ellos se hizo tan fuerte, que no podía hablar con su tono normal de voz. A cualquier pregun­ta, respondía como lo hacía Pepe o Bartolo. La gente se molesta­ba, ya que consideraban una burla semejante conducta.

Pero lo que no sabía el común del pueblo, es que ni el mismo Juan Cordero podía explicar muchas veces las respuestas de sus muñecos. Durante todo el tiempo que tuvo el espectáculo con ellos, se vio envuelto en una serie de problemas a causa de las res­puestas poco adecuadas al público espectador. Meticulosamente preparaba la presentación, cuidaba con cautela los diálogos entre ambos muñecos, pero cuando tenía por delante al público, otras cosas muy distintas a las preparadas le salían sin poder evitarlo.

Muchas veces Juan Cordero no ocultaba su asombro ante las respuestas o actuaciones de sus muñecos, cosa que notaba el público con des­concierto.

Angustiado por la situación, Juan Cordero buscó ayuda psiquiátrica. El doc­tor le recomendó darse unas vacaciones a la orilla del mar, ya que, posiblemente, el exceso de trabajo de los últimos meses le esta­ba llevando a una situación de estrés y cansancio mental.

Tal como lo recomendó el doctor, Juan Cordero invitó a su familia a disfrutar de una semana fuera de la ciudad. La noche anterior a la partida, guardó cuidadosamente a los dos muñecos dentro de un viejo baúl, que le regaló un marino muy amigo de sus padres, cerró con esmero el candado y metió la llave dentro del relicario de su madre.

Las siete noches pasadas en la playa Juan Cordero soñó insistentemente con sus muñecos. En uno de los sueños, Pepe cometía un asesinato. Con el cuchillo de la cocina de su casa le cercenaba el cuello a la hija del alcalde de la ciudad. Mientras que Bartolo prepara­ba el asesinato de su creador. Debido a los sueños reiterados, Juan y su familia regresaron a la casa. Él no le contó a su madre ni a sus hermanos lo que le estaba sucediendo.

Lo primero que hizo Juan, fue ir en busca de sus dos muñe­cos, y no los encontró dentro del baúl. No obstante, la llave permanecía guardada en el relicario de su madre. Al poco tiempo, se enteró del asesinato de Francisca, la hija menor del alcalde de la ciudad, a manos de un desconocido que la in­terceptó muy cerca de su residencia.

Intrigado por el asesinato de la muchacha y la desaparición de sus muñecos, Juan regresó a la casa del psiquiatra en busca de algu­na respuesta. El profesional sonrió indiscretamente al conocer la causa de la visita de Juan, y le recomendó realizar terapias de grupo, junto con la administración quincenal de una inyección de Moditén.

Cuentan los testigos, que Juan intentó por to­dos los medios destruir a sus muñecos, pero una extraña fuerza se lo impedía. Sabía él, que de ellos se había apoderado un poder sobrenatural, ajeno a su dominio. Él no hablaba por ellos, él no los movía a su antojo, como fue al principio de la aventu­ra. Poco a poco Pepe y Bartolo se independizaban y alejaban de la voluntad de su creador. Al darse cuenta de aquello, Juan sintió te­mor, pero en virtud de las jugosas ganancias obtenidas por la naturalidad y excelencia de sus presentaciones, se dejó llevar por la voluntad de aquellos.

Preocupado por las revelaciones de sus sueños, Juan Cordero se alejó de su casa, al no poder eliminar a los muñecos. Una mañana tomó el primer avión para la capital de la república, con deseos de pasar luego hasta el litoral central. Sabía que en el mar estaba el secreto de su angustiosa situación, que allí encontraría la paz de su atribulada mente. Pero al bajar del avión, vio a Pepe y Bartolo sentados y sonrientes cerca del quiosco de las revistas. Corrió has­ta la avenida, tomó un taxi y le pidió al chofer que lo sacara de Maiquetía. Llegó a Caracas a la hora y media, se bajó del auto e intentó entrar al hotel de la esquina. Pepe y Bartolo lo aguarda­ban a la entrada del mismo.

Enloquecido, se lanzó a la calle, casi lo atropella un ca­mión del aseo urbano. Como pudo, trató de asirse del mismo, cayendo abruptamente sobre el pavimento. Despertó en la sala de cuidados intensivos de un hospital. A la semana fue remitido hasta el psiquiátrico, por orden de un doctor muy joven que lo conocía desde la época del teatro. Había sido compañero del grupo en sus comienzos. Juan Cordero le contó a su amigo los porme­nores de su situación, pero éste no le creyó ni una sola palabra.

Sin hacer oposición, se dejó inyectar un sedante y fue condu­cido hasta una sala de enfermos de alta peligrosidad. Allí perma­neció interno durante varios meses, hasta que por petición de sus padres fue trasladado hasta su casa en el interior del país.

Constantemente les decía a sus amigos y familiares, que uno de sus muñecos lo iba a asesinar. Aquello se convirtió para el jo­ven en una obsesión. Sin que sus padres lo notaran, tomó una vieja navaja de su padre y la guardó debajo de la cobija. Perma­neció en estado de pánico durante varias horas de aquella prime­ra noche.

A las 4 de la mañana, cuando se le acercó su padre para tomarle la temperatura, introdujo violentamente la navaja den­tro de su cuerpo, creyendo ser atacado por uno de los muñecos, causándole de inmediato la muerte. Al ver lo que había cometi­do, se levantó tambaleante —a causa de los sedantes— y se dirigió hacia el cuarto donde guardaba desde siempre a los muñecos. Cerró con cerrojo la puerta y se desnudó.

Cuentan los vecinos que vivieron todo aquello, que se escu­chaban en la madrugada los gritos del muchacho pidiéndole la muerte a sus muñecos.

Poco a poco se fueron reuniendo los familiares y vecinos frente a la puerta del cuarto de Juan. Al no recibir respuesta, uno de ellos forzó con suerte la puerta. Encontraron al muchacho desnudo tirado en el suelo en medio de un pozo de sangre, con el cuerpo lacerado a cuchilladas, especialmente en la región de la espalda.

¿Cómo pudo hacerse él mismo las mortales heridas?, se preguntaba la gente. No se supo más acerca de los dos misteriosos muñecos, ya que no fue­ron encontrados dentro del baúl donde los guardaba Juan Cor­dero. Y la llave reposaba aún dentro del relicario de la madre.



Tomado del libro Paraíso olvidado, publicado originalmente por el Consejo de Publicaciones de la Universidad de Los Andes (1996) y luego publicado en Cuentos, antología personal, editado por el Vicerrectorado Administrativo de la Universidad de Los Andes y ALEPH universitaria (2010).


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Poema XLVII

 


Por: Ricardo Gil Otaiza 


XLVII

lo numinoso yace en ti, te acecha
a cada instante, como portento hace 
de tu mirada cristal límpido, solo im-
pregnado de la maravilla que te circunda; 
y la asumes, la haces parte de ti, la llevas
tatuada en tu piel, y como estandarte la muestras 
al mundo para que comparta tu gozo

el milagro de la vida brota a ca-
da instante y hay que verlo muy bien,
todo está allí, expuesto a la mirada,
latiendo con tu piel, susurrándote
al oído mil palabras; los sonidos 
del mundo son parte de ti y abren tus
oídos a melodías lejanas

tus ojos ven ignotos mundos, aquí
o en otras galaxias, mientras percibes los 
aromas de cuanto te rodea y paladeas 
extasiado el sabor de un nuevo fruto. La 
brisa acaricia tu piel y el sol de la mañana 
calienta tus ansias, y te recuerdan a cada instan-
te que estás vivo, que hay camino por recorrer, 
que la magia de la vida solo existe 
si la reconoces en ti


Tomado de mi poemario inédito Lumen El fuego interior


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Poema XLVI

 


Por: Ricardo Gil Otaiza 

XLVI

en ti todo acontece, es el fuego
interior, como Dédalo anidado en
tu ser no sabes descifrar cuál sendero 
conducir; vives a tus anchas, recorres 
libre los caminos y no meditas la carnada; 
total: hay peores caídas

llevas a cuestas el mundo como
si cada minuto de vida fuese el úl-
timo de la jornada, respiras muy hon-
do e inhalas la fragancia, tu cuerpo
se estremece, cada palmo de tu piel
transmite una emoción y guarda un
sentimiento; eres absoluto y eterno,
en ti se cumple el paraíso

tus ojos se abren espléndidos al mundo, 
cada haz de luz exalta en ti un atavismo, 
las imágenes recorren veloces tu pasado y tu 
presente, y ya nada podrá arrancar de tu vida la 
historia. La existencia es amalgama, fusión de rena-
ceres, hay en ti muchos “otros” que te contem-
plan, y como en un extraño juego de espejos, 
te observas impasible, te asombras y revelas 


Tomado de mi poemario inédito Lumen El fuego interior


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Cuento - UN HOMBRE SOLO EN LA MULTITUD DE LA VIDA

 


Por: Ricardo Gil Otaiza 

Todos los días llegaba de visita a nuestra casa el solitario ami­go. En realidad tenía familia, pero ésta no cuidaba de él. Le llegó el ocaso sin mujer e hijos que lo acompañaran en la vida. Para ese entonces, yo era muy joven, y me acostumbré a su compañía silenciosa y triste. Era de extraña figura, su mirada se había perdido en cualquier momento del pasado remoto. Ten­dría unos setenta, ochenta o cien años cuando iba a la casa. La verdad, era difícil encuadrarlo dentro de los rasgos de una de las edades biológicas. Era de aquellos seres indefinidos, inexactos, incorruptibles, va­gos; que caminan sonámbulos, sin que se les acerque a atormentarlos ni siquiera una mosca.

A pesar de mi corta trayectoria en el conocimiento humano —­los años de mi primera infancia— sentía compasión por aquel ser sin memoria (y no porque estuviese loco). Su lucidez era envi­diable. Hablaba de política, economía, siendo su tema favorito la defensa a ciegas del partido Acción Democrática. En casa lo apreciábamos, sin embargo, mis padres se enfrascaban a menu­do en diatribas dialécticas con aquel hombre, que terminaba vir­tualmente enfadado y ofendido, por algún comentario satírico en contra de los prohombres de aquella organización política.

Cuando creíamos que no volvería más, se aparecía como si nada hubiese sucedido, acompañado con alguna bolsa de pan, dulces o bizcochos.

Nos alegraba volver a tenerlo sentado de nuevo en la sala de la casa, todos lo respetábamos mucho. No ameritaba hacerle la visita, o conversarle, ya que con el tiempo y la confianza, producto de la tradición y de un lazo de parentesco lejano, su presencia se hizo necesaria y cotidiana. Permanecía sentado durante horas, mirando el ir y venir de los miembros de la casa. Mi madre le obsequiaba constantemente una taza de café tinto, ya que sabía­mos de su predilección por esa bebida.

Era un hombre alegre, hasta simpático —a veces— de conversa­ción lenta y dramática. Era incisivo en sus juicios, agudo en las críticas. Siempre se le veía solo, ningún ser le acompañó jamás. Era partidario de la tesis que reza: "es mejor vivir solo, que mal acompañado”: Muchas veces, le escuché decir: "el hombre debe pagar por los favores de las mujeres para satisfacer los deseos sexua­les... pero llegar a convivir con una de ellas de manera permanente, es totalmente inconveniente e inútil".

Varias veces viajamos con él hasta ciudades cercanas; pero nos alteraba los planes, ya que su mal estado de salud nos obligaba constantemente a realizar pausas en el camino. Muchas veces pensamos que moriría asfixiado por los ataques de asma, ya que se tornaba rojo violáceo y quedaba suspendido por instantes, al igual que muchos niños que lloran y se quedan sin aire para luego continuar gritando.

Lo recuerdo con bastante precisión, era alto (de un metro se­tenta y cinco aproximadamente), cabeza calva, nariz prominen­te, piel agujereada por el acné juvenil. Usaba sombrero (tenía que ser marca Borsalino), vestía siempre con buenas telas que mandaba a cortar en la sastrería. Los pantalones los sujetaban tirantes (elásticas). Las mangas de la camisa se las enrollaba sobre el antebrazo con la ayuda de sendas ligas confeccionadas para tales fines. Los domingos vestía impecable, su única diversión era conversar con los amigos en alguna esquina, o el ir a visitarnos.

Lo que jamás llegué a comprender fue por qué aquel ser, con medios económicos suficientes y holgados, no hubiese organi­zado una vida más justa y digna para consigo mismo. Vivía en un cuartucho de su propiedad, cuyos ambientes estaban grosera­mente separados por canceles o biombos. La comida la compra­ba en pensiones de amigos o pagaba a alguna vecina para que se la prepararan.

Escatimaba —hasta la ofensa— cada realito o mediecito de su propiedad, para satisfacer alguna necesidad propia. Y no se ha­ble de ser generoso para con los demás, porque las historias opacarían su trayectoria vital. Era lo que en el común de los casos se consagra con las expresiones de pichirre o tacaño.

Un día se levantó con la necesidad de regularizar su vida soli­taria, y comenzó a pretender a algunas de las chicas del barrio. Pero ninguna quiso participar de sus cosas, aunque estuviese de por medio la fortuna —que según los entendidos, era cuantiosa— ­y la cual, sin rubor alguno, ponía constantemente en garantía de sus pretensiones amorosas.

Fueron pasando inexorablemente los años, y aquel hombre permanecía en su soledad y perenne soltería. La experiencia que había obtenido con el pasar de los años no fue suficiente para proyectarle visos de influencias femeninas, lo que lo condujo a esquematizarse de una manera rígida, tanto en sus planteamien­tos políticos, como en los hábitos diarios. Era tal su grado de abandono, que ante la presencia de algunos de sus graves ataques asmáticos, tenían que acudir en su ayuda los vecinos más cerca­nos o mis padres. Su único hermano se mantenía a una distancia prudente, ya que, a todas luces, lo embargaba una ambición desmedida e incurable.

La tarde en que lo encontraron muerto dentro de su cama, acudi­mos todos los vecinos. Aquellos que siempre supimos estar pre­sentes cuando las circunstancias lo ameritaron. Para su mala for­tuna, le fue aplicada una inyección que le aceleró el desenlace fatal, debido al estado anémico y de anorexia que padecía.

Como a las cuatro de aquella tarde, apareció muy nervioso el hermano. Irrumpió con violencia dentro del cuartucho en el cual se encontraba sin vida el cuerpo del infortunado amigo. Todos fui­mos testigos de los escándalos que a partir de entonces se enta­blaron entre él y sus hijos por el reparto de los bienes en herencia. Era grotesca la manera como lo hacían. A eso de las 6:00 p.m. de aquel mismo día, presenciamos también el momen­to en que su hermano sacó debajo de la cama una voluminosa maleta con aspecto desgastado, y que alguna vez fue de color azul intenso.

A partir de entonces, Carlos (así se llamaba el hermano de nuestro amigo fallecido) empezó a gozar de la elevación de su nivel de vida. Sus hijos comenzaron a derrochar en lujos y fies­tas. Todo ello condujo a pensar a sus amigos, que aquella famosa maleta guardaba el amasijo de monedas de oro coleccionadas por su difunto hermano.

Eso pareció al comienzo una simple especulación, ya que nadie se interesó luego por el asunto. Sin embargo, después de varios años pude constatar que, efectivamente, todo lo que se dijo en aquella oportunidad fue cierto. Nuestro amigo tenía debajo de su cama la maleta que guardaba los ahorros de toda su vida, pero en mo­nedas de dieciocho quilates. Aquella situación me llamó la aten­ción, en virtud del estado de abandono familiar en que vivió su dueño durante toda la vida.

Comencé a indagar, escudriñar y hacer mis conjeturas. Esta­blecí la teoría de que nuestro amigo Luis había muerto por la desnutrición y que se había acelerado el desenlace fatal como consecuencia de la aplicación de una inyección antiinflamatoria, y que en todo aquello había algo oscuro, que no cuadraba. Tal hipótesis la comprobé al poco tiempo después, pero ya nada se podía hacer, porque su hermano había fallecido, y los hijos se negaban a dar cualquier clase de información, alegando no tener conocimiento acerca de lo que se les preguntaba.

Fueron tantos los elementos con los que llegué a contar en mis investigaciones, que alcancé un punto en el cual se me planteó una disyuntiva: o callaba y evitaba verme envuelto en un escándalo; o denunciaba las irregularidades encontradas.

Como buen representante del signo escorpión, me decidí por lo segundo. A partir de entonces comenzó a escribirse un gran expediente en los tribunales de justicia, el cual arrojó después de muchas postergaciones, demoras e inconsistencias, el siguiente resultado: nuestro amigo había almacenado en una maleta, que guardaba con celo debajo de la cama, toda una fortuna en mone­das de oro antiguo. Y tal propiedad había sido hurtada el día de su fallecimiento por su hermano Carlos. Éste, sin participar a las autoridades civiles —como corresponde en un estado de derecho— ­comenzó a partir de ese preciso momento a gastarla a su antojo.

Hoy estoy un tanto sentimental. El recuerdo de nuestro ami­go de siempre me atropella de manera constante. Veo ahora una de las últimas fotografías que nos hicimos juntos en un paseo dominguero. Pudo haber vivido muchos años más —recapacito en silencio— si hubiese puesto remedio a su estado de desnutrición. Vienen a mi mente una serie de interrogantes. ¿Por qué se dejó morir, teniendo riqueza suficiente como para ali­mentar a todo un ejército por varios años? ¿Es que acaso la ava­ricia humana es tan poderosa como para permitir que se come­tan tales actos que van contra la propia naturaleza? ¿Por qué su hermano no lo atendió como debía, y sólo se hizo presente para llevarse (como vulgar ladrón) la herencia que por ley le co­rrespondía? ¿Acaso hubo en su conducta premeditación y alevosía?

El tiempo nos dará las respuestas que las investigaciones judi­ciales no arrojaron. O quizás —por ironía del destino— nunca lo sepamos, y continuemos haciéndonos nuestras propias conjeturas.

 

Cinco años después...

Mientras la tumba de nuestro recordado amigo luce sola y sin una flor que alegre su blanca y húmeda losa, a nosotros en el mundo nos siguen inquietando las mismas cuestiones.


Tomado del libro Paraíso olvidado, publicado originalmente por el Consejo de Publicaciones de la Universidad de Los Andes (1996) y luego publicado en Cuentos, antología personal, editado por el Vicerrectorado Administrativo de la Universidad de Los Andes y ALEPH universitaria (2010).



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Ricardo Gil Otaiza

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